Españoles todos, ¡descansad! 

La izquierda española ha sido capaz de hacer realidad las teorías absentistas de los clásicos del asunto: el derecho a la pereza de Paul Lafargue, la abolición del trabajo de Bob Black y los trabajos de mierda de David Graeber

Durante el cuatrienio 2020-2024 el abstencionismo laboral en España ha sido del 6,7 %. Del millón y medio de trabajadores que no acuden diariamente al trabajo, un millón cien mil tienen la baja médica. De lo cual se deduce que unos 350.000 trabajadores faltan injustificadamente al trabajo.

De los datos señalados, se podría deducir que el absentismo laboral es causa directa de la ideología –hay que reducir el horario laboral– que impregna al gobierno de Pedro Sánchez. La izquierda española ha sido capaz de hacer realidad las teorías absentistas de los clásicos del asunto. A saber: el derecho a la pereza de Paul Lafargue, la abolición del trabajo de Bob Black y los trabajos de mierda de David Graeber.

El derecho a la pereza decimonónico que reivindica hoy la izquierda

En el trabajo de Paul Lafargue, titulado El derecho a la pereza (1883), la izquierda decimonónica española de nuestros días ha encontrado lo que andaba buscando: un sindicalismo de clase listo para el combate y la subvención, así como un horario laboral que permita saborear los placeres que nos brinda la vida. Todo ello, aderezado con una cierta ironía.

El texto de Paul Lafargue que inspira a nuestros decimonónicos contemporáneos: esa “extraña pasión que invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenitura”.

De ahí, la izquierda decimonónica española de nuestros días extrae el argumentario con el que plantar cara al empresariado: el exceso de horas diarias de trabajo está en el origen de muchas de las patologías que padecen unos trabajadores y trabajadoras que, además, no pueden cultivar sus necesidades –de la cultura al deporte pasando por las aficiones varias– ni conciliar la vida familiar. Conclusión: así se deteriora o destruye una personalidad y un hogar.

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La manifestación plástica –la fotografía– de lo dicho: Yolanda Díaz, Pepe Álvarez y Unai Sordo mostrando el acuerdo firmado de reducción de la jornada laboral. Detrás, una pancarta: “Trabajar menos, vivir mejor” (fuente: Gabinete de Comunicación del Ministerio de Trabajo y Economía Social). Mientras tanto, el empresariado –muy especialmente las pequeñas empresas– está calculando cómo sobrevivir a la tormenta.

A ver si hay suerte y nuestros funcionarios no leen el siguiente párrafo de Paul Lafargue: “En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda transformación orgánica”. A ver si hay más suerte y tampoco leen el panfleto del mismo autor del Primero de Mayo de 1900 en París, en donde recomendaba jornadas de tres horas diarias con la convicción de que así subiría el sueldo de los trabajadores y mejoraría la economía nacional.

Paul Lafargue busca remover la consciencia en una época en que el capital se manifiesta con dureza; nuestros gobernantes, hoy, quieren cosechar más votos.

El trabajo hedonista

El anarquista estadounidense Bob Black –filósofo, abogado y escritor postizquierdista–, crítico de cualquier sociedad que se fundamente en el trabajo, es otra de las fuentes de inspiración de nuestros gobernantes.

El autor, conocido por el ensayo titulado La abolición del trabajo (2013), sostiene que “el trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo”. La propuesta: “para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar”. ¿De qué se trata? Debemos “crear una nueva forma de vivir basada en el juego”. De nuevo, ¿de qué se trata? Pues, “de abolir el trabajo y reemplazarlo” por “actividades libres”.

Su razonamiento: si tenemos en cuenta que solo una fracción pequeña y menguante del trabajo sirve para algún propósito útil, debemos deshacernos de la mayoría de las ocupaciones, las que tienen los horarios más largos, el salario más bajo, y algunas de las tareas más tediosas. La alternativa: convertir el trabajo en juego acomodando las actividades útiles para hacer posible que las personas hagan las cosas con las que disfrutan. Para ello, bastará con erradicar las irracionalidades y distorsiones que afligen esas actividades cuando son convertidas en trabajo.

Bob Black se pone como ejemplo: “Yo disfrutaría enseñando un poco (no demasiado), pero no quiero estudiantes que estén allí a la fuerza, y no me interesa adular a pedantes patéticos para obtener un profesorado”.

Propiamente hablando, no puede considerarse que nuestros gobernantes sean discípulos de Bob Black. Pero, también es cierto que el estadounidense propone una suerte de trabajo hedonista que la izquierda ya teorizó en los 60 del pasado siglo y ahora recupera. Seguro que les place la frase con la que concluye el ensayista: “Proletarios del mundo, ¡descansad!”.

Esos trabajos de mierda

Aparentemente, la tercera fuente de inspiración de nuestros funcionarios de izquierda –el trabajo de David Graeber titulado Trabajos de mierda (2018)– no debería formar parte de sus lecturas preferidas. Pero, a ciencia cierta –lo llevaba en el bolso–, sabemos que la vicepresidenta segunda sí es lectora de David Graeber.

Para el antropólogo anarquista, un trabajo de mierda es aquel “empleo tan carente de sentido, tan innecesario o tan pernicioso que ni siquiera el propio trabajador es capaz de justificar su existencia”, a pesar de que, como parte de las condiciones de empleo, dicho trabajador se siente obligado a fingir que no es así. En definitiva, un trabajo de mierda es un trabajo no productivo. Entre otros empleos se encontrarían muchos trabajos del sector servicios, del sector agropecuario e industrial, abogados, administrativos, repartidores de pizzas y un largo etcétera.

En cualquier caso, la Yolanda Díaz lectora de David Graeber sí sacaría provecho de sus ideas. Concretando: los trabajos de mierda que asume el sistema capitalista –esta es la hipótesis del ensayo– sirven para desenmascarar el Sistema. Los trabajos de mierda no son una anomalía capitalista, sino que son “un proyecto político disfrazado de proyecto económico”. O lo que es lo mismo, el Sistema “está encantado de una fuerza laboral desprovista de estabilidad” que ha eliminado “los cimientos de cualquier desafío organizado en contra del poder”.

Los trabajos de mierda que analiza David Graeber servirían de coartada a Yolanda Díaz para defender la subida de la tasa de empleo: ¡la economía española va como cohete! También, para alertar de las consecuencias clínicas que los trabajos de mierda generan: violencia psicológica, estrés, resentimiento, descontento, desmoralización y un ambiente sadomasoquista. Ahí tienen ustedes el material contra el capital que justificaría el alto absentismo laboral español.

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