Los sindicatos catalanes, ¿bajo qué piedra se han escondido?
Hacer sindicalismo en plena crisis es una difícil tarea, lo reconozco. Desarrollarlo, además, en un marco de reformulación de las relaciones laborales en un país como el nuestro es todavía más complejo. Sin duda, ser sindicalista cuando esas organizaciones se han sobredimensionado hasta límites excesivos –como casi todo en la sociedad– hace mucho más difícil que nadie defienda las tesis clásicas en tiempos modernos.
Pero, en Cataluña, aún resulta más difícil ser dirigente sindical. Hubo una buena generación de dirigentes, con poca ideología, pero muchos principios. Digamos de piedra picada. Luego llegaron los que, como decía Felipe González, tenían poco ideología y menos principios, el peor modelo de líderes posible. Y, al final, nos hemos quedado en las cúpulas del sindicalismo catalán con sólo los estómagos agradecidos, los profesionales teóricos de la defensa de los trabajadores en las empresas, personajes cuya principal preocupación sigue siendo su modus vivendi.
Con todos los acontecimientos que están sucediendo en Cataluña en los últimos tiempos si hay alguna organización tipo que brille por su ausencia esa podría ser una central sindical. UGT, con un líder como Josep Maria Álvarez al frente, parece haber perdido cualquier conexión con la realidad y más allá de su control de Seat y de algunos ámbitos de la administración pública poco más ofrece a quienes dice representar. El asturiano eterno, que como Montilla quiere huir de sus orígenes lingüísticos y territoriales, tiene demasiados equilibrios que ejecutar con el nacionalismo catalán dominante. Tuvo sus consejeros en la etapa del tripartito y logró colocar a una consejera en el gobierno que ha supuesto el renacimiento de CiU como abanderado de un gobierno de claro corte soberanista.
Por eso, Álvarez, el mismo que le puso a Jordi Pujol en la solapa una medalla de la organización que representa, anda callado y ensimismado sin ningún tipo de voluntad de decir nada sobre lo que ha pasado en las tres últimas décadas de la Cataluña contemporánea. CCOO y su secretario general, Joan Carles Gallego, parecen haber despertado del sueño de los justos. En las últimas horas se han añadido a las acciones legales contra Pujol iniciadas por las asociaciones vecinales de la ciudad de Barcelona. Hubiera sido realmente la cuadratura del círculo que CCOO siguiera en silencio. Por más unidad de acción que tengan, su inacción es manifiesta en el panorama político que viven sus representados. Son como los yuppies de antaño, líderes de la radicalidad democrática por los derechos que sean (a decidir o a callar) y, al final, silenciosos cómplices de la omertá vivida.
O, formulado por pasiva, ¿acaso no tienen nada que decir los sindicatos CCOO y UGT del estado de corrupción generalizado en el que ha vivido Cataluña durante tres décadas? ¿Los trabajadores de las empresas que han corrompido (muchas veces porque no había otra manera de contratar con el Govern) no merecen que se les represente? ¿Un sistema de relaciones políticas, sociales y laborales con garantías democráticas no forma parte del espacio social catalán que dicen defender?
Es fácil hacer leña del árbol caído, y los sindicatos hoy están tumbados. Pero deberían ser útiles en una sociedad con garantías democráticas y no mantenerse como instituciones de representatividad esclerotizadas y apenas capaces de superar que el antiguo honorable presidente, al que les gustaba visitar y agradar, confiese que es un delincuente. Hoy por hoy, la regeneración debe llegar a todos los ámbitos de la sociedad, y el sindicalismo moderno debería salir del cascarón de la función pública y de debajo de las piedras.